18/10/2004

Para declarar su amor

Señorita:

Usted es inteligente. No me diga que esta carta resulta para usted una sorpresa.
De algún tiempo a esta parte no ha podido acudir a sitio alguno sin encontrarme siempre presente. Estoy seguro que no habrá dejado de darse cuenta de que, por muy grata que me haya sido la compañía de la persona con quien me hallara, me he separado de ella para acudir a su lado en cuanto usted ha aparecido.
No ha habido ocasión en que no me haya desvivido por servirla, por hacerle agradable su estancia en el lugar en que nos hayamos encontrado. He buscado su compañía con una asiduidad que forzosamente ha de haberle llamado la atención.
Usted que es mujer y, por consiguiente, está dotada de una intuición que a ninguna de las de su sexo falta, tiene que haber presentido lo que por timidez no he expresado hasta este momento.
¿Es posible que usted, sabiendo lo desenvuelto que acostumbro a ser, conociendo mi facilidad de palabra y el aplomo que normalmente me caracteriza, no haya quedado sorprendida al observar que, en estos últimos tiempos, pierdo por completo la serenidad en cuanto me hallo en su presencia?
No es el azar el que ha hecho que nos encontremos con tanta frecuencia. Yo he procurado enterarme de cuáles eran sus planes para poder tropezarme con usted como por casualidad, todo lo a menudo que he podido.
Hace tiempo, señorita, que no sosiego, que su imagen puebla por completo mis pensamientos, que no hallo un momento de dicha más que cuando me encuentro a su lado.
Desde que la conozco, todas las demás mujeres han perdido para mí su atractivo: Señorita: estoy enamorado y no me avergüenzo de confesarlo.
He querido, en varias ocasiones, darle a conocer los sentimientos que usted me inspira. He buscado oportunidades favorables y usted sabe que no me han faltado. Pero, en el último momento, cuando ya he estado dispuesto a declararme, he sentido tal timidez, que las palabras se me han atascado en la garganta y he dejado escapar una ocasión más sin decidirme a hablar.
Usted tiene que haberse dado cuenta de que más de una vez he estado a punto de decirle algo que no he llegado a decir. Tiene que haber notado que he empezado a balbucir de pronto y que sólo mediante un violento esfuerzo he podido dominar la voz y hablar de banalidades para recobrar el aplomo que me faltaba.
¿Es posible que no haya sabido usted comprender el motivo?
Viendo que, cada vez que intento decirle que la quiero se me forma un nudo en la garganta y me altero, hasta el punto de hacerme incoherente, he escogido este medio para declarar lo que por usted siento.
Eso es lo que me ha animado a escribirle a usted esta carta y lo que me ha hecho concebir la esperanza de que no recibirá mi declaración con desagrado. Innecesario es decir que mis intenciones son honorables, cosa de la que usted podrá cerciorarse a poco que me trate.
Le suplico, señorita, que acceda a entrar en relaciones conmigo, relaciones que, si mis sueños se realizan, acabarán convirtiéndose en algo más íntimo y duradero que nos una en dulce lazo.
Aguarda, con verdadero anhelo, su respuesta, el más ferviente y rendido de sus admiradores.
José Lanzo.

Abyecto terror es identificar parcialmente la experiencia propia en un modelo de carta del Prof. M. Baker.

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